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Antonio Gramsci: Amor y revolución* (I) - Pàgina 3

diumenge, 20 de maig de 2007 19:52

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Antonio Gramsci: Amor y revolución* (I)
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De 1926 a 1937

Una parte importante de la correspondencia de Gramsci entre 1926 y 1937 fue dada a conocer por primera vez poco después de acabar la segunda guerra mundial, en 1947, con el título de Lettere dal carcere. Aquella edición, cuyo valor literario fue reconocido con la concesión del Premio Viareggio, incluía 218 textos, algunos de ellos expurgados de los pasos que el entonces grupo dirigente del PCI, encabezado por Palmiro Togliatti, consideró inconveniente hacer públicos, bien porque en ellos se aludía a cuestiones familiares delicadas, bien a controversias políticas sobre las que no se quería volver en aquel momento. Muchas de las cartas no publicadas en 1947 fueron recuperadas en una nueva edición preparada para Einaudi por Sergio Caplioglio y Elsa Fubini en 1965. Este volumen, que en los años siguientes fue traducido a numerosas lenguas, contenía ya 428 cartas de Gramsci, 119 de las cuales inéditas por entonces. Además, se restauraron en él los pasos que el primer editor había considerado inconvenientes. Esta edición de Fubini y Caprioglio ha sido la habitualmente manejada en la época de mayor auge de los estudios gramscianos en Europa, desde la segunda mitad de la década de los sesenta hasta finales de la década de los setenta, época que coincidió también con la conversión del partido comunista en la organización política más importante de Italia.

Pero ya en los años setenta el diario L´Unità, el semanario Rinascita y otras publicaciones periódicas italianas fueron dando a conocer algunas piezas más del epistolario gramsciano de los años de la cárcel. Después de la muerte de Julia Schucht, la mujer de Gramsci, en 1980, su hijo Giuliano hizo donación al Partido Comunista Italiano de las últimas cartas inéditas que había conservado la familia en Moscú y éstas, a su vez, incluidas en diversas recopilaciones prologadas o comentadas por Valentino Gerratana, Nicola Badaloni, Paolo Spriano, Mimma Paulesu Quercioli, Aldo Natoli, Giuseppe Fiori y Antonio A. Santucci.

Una nueva edición de las cartas de la cárcel, sin duda la más completa hoy disponible, apareció en 1996, al cuidado también de Antonio A. Santucci (7). La edición de Santucci incluye un total de 478 cartas, cincuenta más que la edición Fubini-Caprioglio. Teniendo en cuenta las particulares circunstancias en que fueron escritas las cartas gramscianas de la cárcel y los complicados vericuetos por las que algunas de ellas llegaron a sus destinatarios tampoco se puede descartar del todo que aún queden algunas por conocer; pero, aun así, en lo que hace a este periodo, la opinión más extendida entre los estudiosos es que la investigación posible está prácticamente concluida y que el trabajo llevado a cabo por Santucci puede considerarse prácticamente definitivo.

Sigue habiendo, eso sí, controversia sobre la interpretación de algunos pasos oscuros de estas cartas, sobre la fecha precisa de alguna de las escritas en Formia y en la clínica de Roma, sobre la relación existente entre algunos de esos pasos oscuros y ciertas notas de los Quaderni del carcere y, por supuesto, sobre cómo valorar, partiendo de lo que se dice en esas cartas y de otros documentos, la relación entre Gramsci y Togliatti después de 1926 (8). En los últimos diez años se han escrito también varios ensayos polémicos acerca de este último extremo y la relación sentimental de Antonio Gramsci con Julia Schucht y con las hermanas de ésta, Tatiana y Eugenia. Alguno de estos ensayos ha tenido bastante eco periodístico en Italia, donde, paradójicamente, no era ya nada fácil encontrar en librerías la edición crítica de los Quaderni preparada por Valentino Gerratana.

Ya esto último sugiere que la orientación actual de los medios de comunicación dominantes (y no sólo en Italia), inclinados a suscitar el morbo facilón o la politiquería inmediatista en la sociedad del espectáculo, cuadra poco, o nada, con el rigor filológico e historiográfico de las personas que, a lo largo de cuarenta años, más han hecho por poner a disposición del público culto toda la documentación disponible de y sobre Gramsci. Especulaciones y actitudes morbosas aparte, prácticamente todo lo que hay que saber para valorar lo que fue el hombre Gramsci entre 1926 y 1937 está ya en las ediciones de Gerratana y Santucci, que han sido la base para una reciente y excelente edición anotada, en inglés, preparada por Joseph Buttigieg. Casi todo lo demás son detalles. Y no creo exagerar si digo que, desde el punto de vista de la filología y de la historiografía -dos cosas que Gramsci apreciaba-, sólo la búsqueda inmoderada de la originalidad puede sustituir la visión de conjunto, nada hagiográfica por lo demás, fundada en años de estudio, por el detalle funcional a los intereses politicistas del hoy.

En lo que sigue me voy a referir esencialmente a la reflexión de Gramsci sobre la relación entre lo público y lo privado a partir de su encuentro con Julia Schucht en Moscú. Este es un tema inicialmente suscitado en Italia en los márgenes de los estudios gramscianos, a mediados de los años setenta, por Adele Cambria con una representación teatral titulada Nonostante Gramsci (1975) y con un libro, basado en ciertas piezas del epistolario, de intención polémica pero sugerente en muchos de sus pasos: Amore como rivoluzione (9). Este libro prestaba una atención preferente, por primera vez, a la otra parte del epistolario: las cartas que nos han llegado de Julia y Tatiana Schucht.

No es casual el que la atención preferente a la reflexión de Gramsci sobre la relación entre público y privado surgiera en el ámbito de la literatura feminista de la época y se haya mantenido en ella durante algún tiempo, pues, además de que, en general, romper con esa dualidad, o debilitarla, ha sido un tema central de la filosofía moral y política del feminismo contemporáneo, debe reconocerse que los estudios gramscianos de las décadas anteriores apenas se habían ocupado del análisis de la personalidad de las mujeres a las que Gramsci amó o con las que tuvo una relación intensa (Julia y Tatiana Schucht, principalmente), lo cual tiene que ser visto como un déficit notable por toda persona sensible que se proponga entender simpatéticamente las oscilaciones del pensamiento del propio Gramsci en Viena, en Roma, en las cárceles y en las clínicas, cuando la introspección, la expresión de los sentimientos o de los estados de ánimo y las conjeturas sobre el carácter, la personalidad y el sentir de los seres queridos se mezclan e interrelacionan constantemente con el discurso político, con los planes de trabajo intelectual y con la forma en que realmente progresan, planes aparte, los Cuadernos de la cárcel.

He dicho ya que la mejor manera de leer a Gramsci hoy es hacerlo desde el trasfondo de los célebres versos de Bertolt Brecht a los hombres del futuro (10). Esta afirmación tiene aún más sentido cuando se trata de los epistolarios, pues en ellos Gramsci reflexiona de manera abierta sobre la relación existente (y por establecer) entre lo público y lo privado. Hay tres intuiciones contenidas en aquellos versos de Brecht que la correspondencia de Antonio Gramsci con Julia y Tatiana Schucht ejemplifican tal vez como ningún otro epistolario contemporáneo. La primera es la conciencia -aguda en los revolucionarios de la época del fascismo y del nazismo- de estar viviendo "en tiempos sombríos" (en un mundo grande y terrible, repetirá Gramsci). La segunda es el reconocimiento de hasta qué punto, en tiempos de desorden pero también de rebeldía, el hombre rebelde se ve constreñido, aun sin quererlo, al desorden amoroso y a contemplar la naturaleza con impaciencia. La tercera es la observación trágica de que aquellos hombres que querían preparar el camino para la amistad no pudieron ser amables porque, como dejó dicho el poeta, "también la ira contra la injusticia pone ronca la voz".

Tratar este tema con ecuanimidad no es nada fácil. Y el asunto se complica muchísimo cuando hay que atender al detalle del epistolario gramsciano de los años 1928 a 1936. Se complica por los cambios en los estados de ánimo del preso (motivados por su enfermedad y la de Julia Schucht), por los efectos psicológicos de la "carcelitis", por sus sospechas políticas (fundadas o infundadas), por las interrupciones en la correspondencia, por la inhibición que produce en Gramsci el tener que escribir sobre un sentimiento amoroso a través de persona interpuesta (de la que depende en muchas cosas esenciales, a la que quiere pero a la que no quiere herir), por los equívocos reales y por la interpretación subjetiva, a posteriori, de esos mismos equívocos. Al abordar este nudo vital de Gramsci con la distancia que da el tiempo transcurrido, quien pretenda intentarlo con sensibilidad se sentirá sin duda molesto ante las reducciones meramente politicistas de aquel drama personal. Pero tampoco basta a este respecto con la afirmación genérica (frente a la manera institucional de entender la política) de que "también lo personal, lo privado, es político". Se necesita algo más. Se necesita respeto, comprensión en el sentido amplio de la palabra y, desde luego, cierta compasión para con los personajes que entran en el nudo.