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Antonio Gramsci: Amor y revolución* (I) - Pàgina 4

diumenge, 20 de maig de 2007 19:52

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Antonio Gramsci: Amor y revolución* (I)
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Captatio benevolentiae

. Sólo en unos pocos casos, como es precisamente el de Antonio Gramsci -o el de Rosa Luxemburg, cuyo asesinato en 1919 recordaban todavía hace poco los jóvenes en Alemania, después de lustros de olvido- se atreve todavía uno a juntar en un título dos palabras tan hermosas y tan gastadas como "amor" y "revolución". Y hacerlo sin por ello empezar a sentir la garra del malestar que se te instala en el cerebro para acabar bajando y saliendo afuera, hasta la cara, en forma de rubor, sobre todo en tiempos como éstos, en los que la deriva imparable hacia la mercantilización integral de los sentimientos corre pareja con la afirmación (casi excluyente de todo lo demás) del derecho a la privacidad, y cuando la conversión interesada de todos los derivados de la palabra "revolución" en mero eslogan para promocionar cualquier novedad técnica invita a los insumisos a dar de lado tan nobles vocablos en la vida cotidiana, o, no habiendo otro remedio, a utilizarlos con doble cautela, con ironía o con sarcasmo.

Tal vez lo que en este caso hace que al escribir juntas las dos grandes palabras no sienta uno la vergüenza del inminente ridículo, o la sospecha de estar entrando en el bosque sombrío de los anacronismos, sea la solidez de una convicción que el que escribe supone compartida: la convicción, esto es, de que todo aquel lector que se haya decidido a seguir hasta el final la biografía de Antonio Gramsci habrá acabado con un nudo en garganta (11).

Pues tal es, en efecto, el estado de ánimo con el que las personas sensibles (lo que es tanto como decir, hoy en día, "revolucionarias", en la medida en que la revolución de los sentimientos es siempre y al mismo tiempo conservación cultural) suelen asimilar aquella permanente pasión suya por la veracidad, aquel admirable esfuerzo por seguir pensando -con independencia, con criterio, con punto de vista autónomo- a pesar del fascismo y del embrutecimiento psicológico y moral que acaba representando la cárcel, su lucha tenaz contra la propia enfermedad mediante el análisis introspectivo tan intenso como puntilloso, o, finalmente, sus intermitentes iniciativas para volver a anudar un vínculo amoroso obstaculizado y deteriorado por la distancia, por la ausencia de noticias de la persona amada, por el aislamiento en la prisión, por la depresión de los propios interlocutores, por la piedad de los familiares que él considera falsa y, sobre todo, por la incomparable huella del tiempo, por el transcurrir de ese tiempo psicológico que, en la soledad y en la ausencia, acabaría convirtiéndose para nuestro hombre en mero pseudónimo de la vida misma y para Julia Schucht en motivo definitivo de cansancio psicosomático constante.

Por fuerte que sea la convicción aludida, y por compartida que estuviera, ésta no cierra del todo, sin embargo, el argumento nuestro, el cual, al juntar "amor" y "revolución" en Gramsci, pone las amorosas y claras razones del corazón al lado de la pasión política razonada con la intención de explicar desde ellas, entrelazadas y como categorías centrales, lo que fue la tragedia de aquellas vidas.

Para cerrar ese argumento con coherencia y terminar de paso la justificación iniciada en los párrafos anteriores habría que añadir todavía una opinión que no se refiere sólo a Gramsci sino que pretende tener un sentido más general, aunque tal añadido lo sea únicamente a título de simple sugerencia, de esas sugerencias que hay que creerse o aceptar bajo palabra: que ya sólo los nudos en la garganta -cuando hay suerte de que se formen en ella- nos libran hoy del rubor y de la vergüenza que produce la manipulación postmoderna de las palabras grandes y hermosas de nuestra infancia y de nuestra adolescencia (de la infancia y de la adolescencia de la humanidad, por supuesto). De modo que es probable -sigo escribiendo hipotética y dubitativamente- que sea esa disponibilidad restante para la emoción, esa visceral permeabilidad, culturalmente reformada, que aún nos queda para la formación del nudo en la garganta, ante tanta desgracia vivida con tanta voluntad de resistencia, lo que hace de Antonio Gramsci en este momento de crisis de la cultura comunista -cuando los lobos de la publicidad venden pieles de cordero fabricadas con la tradición obrera- el pensador marxista más internacionalmente apreciado, el más traducido, el más leído por las jóvenes generaciones y releído también por aquellas otras generaciones que, al decir del poeta, no pudieron ser amables.

Pero quien no comparta la afición por el modo de decir del poeta comunista ni los tonos satírico-asermonados de horaciana memoria, quien esté convencido, por el contrario, de que nosotros somos, precisamente, aquellos "por nacer" en quienes pensaba Brecht, y de que, por tanto, ha llegado ya la hora de ser amables y de cambiar la retórica y las metáforas -"quién quiera tener razón y tenga una lengua la tendrá", decía Mefistófeles a Fausto- por el análisis desapasionado, tiene todavía otra vía para llegar, en el caso de Gramsci, a una conclusión semejante: la filológica. Pues ningún otro pensador revolucionario ha tratado de vincular tan estrechamente lo privado y lo público, lo personal y lo político, el amor y la actividad revolucionaria, en suma, como lo hizo Gramsci en una carta dirigida a Julia Schucht y fechada en Viena el 6 de marzo de 1924:

Cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa cuando no se había querido a nadie, ni siquiera a la propia familia, si era posible amar a una colectividad cuando no se había amado profundamente a criaturas humanas individuales. ¿No iba a tener eso un reflejo en mi vida de militante?, ¿no iba a esterilizar y reducir a mero hecho intelectual, a puro cálculo matemático, mi cualidad revolucionaria? (12)