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Antonio Gramsci: Amor y revolución* (II) - Pàgina 4

dimarts, 5 de juny de 2007 23:39

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Antonio Gramsci: Amor y revolución* (II)
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El desierto de lo puramente político:
mirar la naturaleza con impaciencia

Gramsci estuvo de nuevo en Moscú un par de semanas entre marzo y abril de 1925. Durante esas semanas participó en los trabajos de la V Sesión del Ejecutivo ampliado de la Internacional Comunista, volvió a estar con Julia unos pocos días y conoció a su hijo Delio. No son muchos los recuerdos escritos que han quedado de aquella estancia. Gramsci recordará después un paseo con Julia y Delio por un parque moscovita, que no sacó buena impresión de la forma en que la familia Schucht comenzaba a educar al hijo y se referirá, ya en un contexto polémico posterior, a la influencia en esto de Eugenia, la hermana mayor de Julia, cuya afición al niño, un tanto obsesiva, la impulsaba a suplantar a la verdadera madre. Pero es evidente que después de este viaje se producen algunos cambios notables en la correspondencia. Gramsci ha estabilizado las relaciones con la familia de Schucht, ha arrancado la promesa de que Julia irá a Italia con el niño en cuanto pueda (cosa que, efectivamente, harían pocos meses después) y los lazos afectivos se han hecho más fuertes. Tal vez por eso entre la primavera y el otoño de 1925 las cartas de Gramsci se hacen más breves, más espaciadas y también menos ansiosas. La seguridad de que Julia llegará en breve le permite aguantar mejor los bajones psicológicos, incluso cuando el calor del verano romano le altera los nervios.

En la espera, Gramsci ha tenido que reduplicar la actividad político-organizativa no sólo como diputado sino también como secretario general del partido: "Ha sido borrado de mi cerebro todo lo que no sea actividad política inmediata" (36). Cuando llegan los calores del verano empieza a sentirse peor; no ha perdido del todo el humor del que hacía gala en los meses inmediatamente anteriores al nacimiento del hijo, pero las referencias a su propio estado de ánimo van haciéndose más sombrías. Se siente -dice- como "el resto de un naufragio a merced de las olas" y describe con cierto distanciamiento pesimista su debut parlamentario; se queja varias veces del desorden y da la desconexión existente en las propias filas y vuelve a sentirse, como en Viena, psicológicamente cansado y viejo.

Al menos por dos veces ha aludido Gramsci durante estos meses al "desierto" que representa una vida dedicada exclusivamente a la política. Y sintomáticamente ve ahora en las conversaciones con Tatiana, a la que sólo unas semanas antes había juzgado casi solo en términos político-ideológicos, una salida de ese desierto, algo así como una anticipación de lo que puede ser el equilibrio psicofísico cuando Julia y Delio lleguen, por fin, a Italia. Sus requerimientos a Julia acentúan ahora la necesidad de salir de esa mecanización unilateral de la vida propia que representa lo solo político. Ve ahora el amor como algo que tiene que impedir "que me convierta en un pingo almidonado, me mecanice, me haga apático y acabe convertido en un muñeco que repite siempre las mismas palabras y los mismos gestos" (37).

Este estado de ánimo no le hace perder, sin embargo, la lucidez política. El diagnóstico que realiza, en julio de 1925, de la situación en Italia, cuando para llevar a cabo sus actividades empieza a verse obligado a "borrar las huellas" y burlar así a la policía política, suena a premonitorio: "Somos demasiado fuertes para no tener iniciativas que llevan al descubrimiento de nuestras fuerzas y somos demasiado débiles todavía para aguantar un choque frontal" (38). En esas circunstancias nota, en cambio, Gramsci que está perdiendo el gusto por la naturaleza. Y relaciona esto, como Brecht, precisamente con las obligaciones de lo solo político.

Nada más revelador y sintomático de lo que el desierto (obligado) de lo solo político puede llegar a representar para un hombre sensible que comparar lo que dice Gramsci sobre la naturaleza en la última carta (de 15 de agosto de 1925) que escribe a Moscú, antes del viaje de Julia y Delio a Italia, con la carta en que un año después cuenta a Julia su estancia con Delio en Trafoi y con la descripción del paisaje que él mismo haría en enero de 1927, después de la detención, ya en el destierro de Ustica.

En efecto, durante el ferragosto de 1925, en la misma carta en que dice a Julia que tendrá que explicarle el significado exacto de la palabra "quiero", narra Gramsci uno de los viajes a los que se ha visto obligado por el trabajo de organización, y describe así sus impresiones:

He visto parajes que, según dicen, son bellísimos, paisajes que al parecer son admirables, tan admirables que los extranjeros vienen de lejos para contemplarlos. Por ejemplo, he estado en Miramare, pero me ha parecido una errada fantasía de Carducci; las blancas torres se me presentaban como chimeneas acabadas de blanquear con argamasa; el mar tenía un color amarillo sucio porque los peones que construían un camino habían echado en él toneladas de detritus; el sol me dio la impresión de un calorífero fuera de estación (39).

A renglón seguido comenta Gramsci que se está convirtiendo en un apático y que esas impresiones tienen que deberse a que el sentimiento de la ausencia le está haciendo perder el gusto por la naturaleza.

La percepción de la naturaleza cambia con la llegada de los seres queridos a Italia durante el otoño de aquel año. Julia y Delio permanecieron con Antonio en Roma hasta el verano de 1926, aunque en casas distintas por motivos de seguridad. A finales de agosto Gramsci se tomó un respiro en la actividad política y pasó unas breves vacaciones con su hijo en Trafoi (Bolzano) mientras Julia regresaba a Moscú. En septiembre escribe a Julia: "Creo que la estancia de Delio en Trafoi, en un marco tan grandioso de montañas y glaciares, dejará en su memoria huellas muy profundas. Hemos jugado. Le he construido algún juguete, hemos hecho fuego en el campo. No había lagartijas, así que no he podido enseñarle a cogerlas. Me parece que ahora empieza una fase muy importante para él, esa fase que deja los más sólidos recuerdos porque en su desarrollo se conquista el mundo grande y terrible" (40).

Incluso unos meses después de la detención, ya en Ustica, y a pesar de estar desterrado, a pesar de la falta de libertad, a pesar de los presagios y de la incertidumbre de la nueva situación, pendiente como estaba de juicio por sus actividades políticas, y lejos también de Julia, nuestro hombre dispone de algo que no tenía meses atrás. Es un desterrado, pero dispone de tiempo para mirar la naturaleza de otra manera: "Tenemos a nuestra disposición una hermosísima terraza desde la que admiramos el mar sin fin durante el día y un magnífico cielo por la noche. Como el cielo está limpio, sin los humos de la ciudad, podemos gozar estas maravillas con la máxima intensidad. Los colores del agua del mar y del firmamento son realmente extraordinarios por su variedad y por su profundidad. He visto arco iris únicos en su género" (41). La explicación de este cambio en la manera de percibir la naturaleza es psicológica y la da el propio Gramsci en una carta que una semana antes ha escrito a su cuñada, Tatiana: a pesar de que ha perdido la libertad de movimientos, el ambiente de Ustica le está regenerando física y mentalmente porque necesitaba un periodo de reposo absoluto después de una desbordante actividad política de meses y meses (42).